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Louise Lawrence-Israëls: los primeros días de libertad

First Person Podcast Series

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17 de junio 2009

Louise Lawrence-Israëls relata sus primeros recuerdos de libertad después de haber pasado dos años escondida con su familia en un apartamento de Ámsterdam. En mayo de 1945, las fuerzas canadienses liberaron Ámsterdam. Louise tenía tres años. Al principio, le costó adaptarse al mundo fuera del apartamento, ya que nunca había salido durante el tiempo que permaneció escondida.

LA TRANSCRIPCIÓN COMPLETA

LOUISE LAWRENCE-ISRAËLS:
“No conocíamos el mundo exterior. Pero si la libertad era eso, no queríamos ser libres”.

NARRADOR:
Más de sesenta años después del Holocausto, el odio, el antisemitismo y el genocidio todavía amenazan a nuestro mundo. Las historias de vida de los sobrevivientes del Holocausto trascienden las décadas, y nos recuerdan que permanentemente es necesario ser ciudadanos alertas y poner freno a la injusticia, al prejuicio y al odio, en todo momento y en todo lugar.

Esta serie de podcasts presenta fragmentos de entrevistas a sobrevivientes del Holocausto realizadas en el programa público del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos llamado En primera persona: conversaciones con sobrevivientes del Holocausto.

En el episodio de hoy, Louise Lawrence-Israëls le cuenta a la presentadora, la Dra. Patricia Heberer, sus primeros recuerdos de libertad tras haber vivido escondida durante dos años con su familia en un apartamento de Ámsterdam. Louise y su familia fueron liberadas en mayo de 1945, y a Louise, que por entonces tenía tres años, le costó adaptarse al mundo fuera de su apartamento.

PATRICIA HEBERER:
¿Recuerda el día en que sus padres la llevaron afuera por primera vez? ¿Fue aquel día? ¿El día de la liberación?

LOUISE LAWRENCE-ISRAËLS:
Esperaron un día para asegurarse de que fuera seguro, y luego mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí al parque, situado enfrente de donde habíamos vivido durante tres años. Nos pusieron en el césped, pero antes tuvimos que bajar cuatro tramos de escalera. Nunca habíamos hecho eso, y era extraño.

Estábamos parados allí, en el césped, y no nos soltábamos por nada del mundo, porque realmente estábamos asustados. Nos mirábamos y queríamos volver adentro. No conocíamos el mundo exterior. Pero si la libertad era eso, no queríamos ser libres.

Y comenzamos a llorar y a decir que queríamos volver. Mi madre de repente se entristeció tanto que empezó a llorar. Recuerdo que incluso después de que nos fuimos adentro, debió haber llorado durante el resto del día. No podía parar. Liberó toda la tensión.

Pero los niños se adaptan. Le dijeron a mi hermano su nombre, me dijeron a mí mi nombre y supongo que dos días después, intentaron una vez más y nos llevaron afuera. No queríamos, pero uno hace lo que los padres dicen.

Por la calle caminaban soldados canadienses. Usaban uniformes caquis, lindos, impecables. Y nosotros llevábamos unos harapos viejos. Pero lo más lindo era que sonreían a los niños, y un niño por lo general sabe si una persona es buena o mala. Aparte de sonreír y tratar de hablar con nosotros (no teníamos idea de qué nos decían porque no hablábamos inglés), nos regalaban chocolates que sacaban de sus bolsillos.

Imagínese, ¡al día siguiente queríamos salir otra vez! [Risas] Queríamos más chocolates.

PATRICIA HEBERER:
¿Nos puede contar cómo era su vida durante los primeros años de la posguerra?

LOUISE LAWRENCE-ISRAËLS:
Mis padres decidieron que nunca hablarían de la guerra. Estaban muy tristes. Perdimos muchos parientes y estaban tristes, pero no querían agobiarnos con eso. Querían que tuviéramos una vida normal y no nos enteráramos de nada.

No querían saber nada con la religión, porque, si eras religioso y pertenecías a un grupo, te incluían en una lista, y siempre tuvieron miedo de eso, toda la vida. Por supuesto, las cosas no son así. Uno siempre está en una lista.

Recuerdo que mi padre, cuando consideró que ya era hora de que tuviéramos pasaportes (los cuales no eran como son ahora; eran apenas unos papeles; en la actualidad son plastificados por seguridad y cosas por el estilo), nos enseñó que si alguna situación nos generaba desconfianza, debíamos arrancar la página del pasaporte en la que figuraba nuestro nombre, masticarla y tragarla. Y nos hizo comer papel, para que nos familiarizáramos con el sabor. Tuvieron miedo toda la vida.