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Marcel Drimer: escape al “concierto de la muerte”

First Person Podcast Series

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15 de abril de 2009

Marcel Drimer relata cómo escapó de milagro de una aktion en Drohobycz, Polonia. Marcel, su hermana y su madre se escondieron en un campo de trigo mientras se llevaba a cabo una aktion alemana (una operación violenta de alemanes contra civiles judíos) en agosto de 1942.

LA TRANSCRIPCIÓN COMPLETA

MARCEL DRIMER:
“Podíamos escuchar alemanes que vociferaban, perros que ladraban, gente que gritaba y disparos. Mi hermana y yo lo llamamos el ‘concierto de la muerte’”.

NARRADOR:
Más de sesenta años después del Holocausto, el odio, el antisemitismo y el genocidio todavía amenazan a nuestro mundo. Las historias de vida de los sobrevivientes del Holocausto trascienden las décadas, y nos recuerdan que permanentemente es necesario ser ciudadanos alertas y poner freno a la injusticia, al prejuicio y al odio, en todo momento y en todo lugar.

Esta serie de podcasts presenta fragmentos de entrevistas a sobrevivientes del Holocausto realizadas en el programa público del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos llamado En primera persona: conversaciones con sobrevivientes del Holocausto.

En el episodio de hoy, Marcel Drimer le cuenta al presentador, Benson, cómo escapó de milagro de una aktion alemana (una operación violenta de alemanes contra civiles judíos) en Drohobycz, Polonia, en agosto de 1942.

BILL BENSON:
Marcel, durante ese tiempo, usted vivió varias situaciones de riesgo, milagros. ¿Podría relatarnos algunas de estas situaciones, como la de su niñera?

MARCEL DRIMER:
Sí, unas semanas después de la guerra, mi abuelo, a quien usted vio en esta foto, perdió a su esposa por causas naturales. Vino a vivir con nosotros porque no podía manejarse solo; no podía prepararse la comida y cosas por el estilo. Mi abuela, cuyo esposo murió a raíz de una golpiza, también vino a vivir con nosotros.

Y la hermana de mi padre, Rivke, con dos hijos pequeños, uno era un bebé y el otro tenía aproximadamente mi edad, también vinieron a vivir con nosotros.

Era un lugar pequeño, donde nuestra familia de cuatro personas podía vivir, no cómodamente, pero sí podía vivir. Pero vivir con cuatro personas más se hacía realmente muy difícil. Mi niñera, Jancia, podía venir de vez en cuando y traernos algo para comer. Un día vino, miró el lugar y dijo: “Esto es terrible. Se están pisoteando. Déjenme ayudarlos; déjenme llevar a Marcel a mi casa unos días. Estará conmigo y tendrán una boca menos que alimentar”.

Me fui con ella y me quedé allí unos días. Ella tenía un embarazo bastante avanzado. Después de un par de días, mi hermana comenzó a quejarse porque quería estar conmigo y quería jugar conmigo. Me extrañaba. Entonces, mi madre les dijo a todos: “Me iré unos días y después traeré a Marcel a casa”.

Cuando llegó a la casa de mi niñera, la mujer comenzó el trabajo de parto. No había teléfono ni se podía conseguir un médico, así que mi madre la ayudó a parir, pero el bebé nació muerto. Nos quedamos allí una noche más. Su esposo trabajaba en el turno de la noche. Regresó a su casa y dijo: “Hay una aktion en el pueblo. Están arrestando judíos para deportarlos, y si vienen por acá y los ven, los alemanes nos matarán. Tienen que irse de casa. Hagan lo que puedan para sobrevivir”.

Mi madre nos llevó a los dos, a mi hermana y a mí, y nos fuimos a… Había un bosque a unos 300 metros de la casa, y un campo de trigo. Era agosto de 1942 y tenía el típico color marrón. Mi madre tenía un impermeable del mismo color; bueno, nos fuimos cerca del bosque y nos tendimos allí. Mi madre nos cubrió con el impermeable y allí nos quedamos. Aproximadamente una hora después de estar escondidos, empezamos a escuchar alemanes que vociferaban, perros que ladraban, gente que gritaba y disparos; es decir, gente que se moría. Mi hermana y yo lo llamamos el “concierto de la muerte”. Duró unas tres o cuatro horas. Después comenzó a llover y todo se calmó.

Esperamos otra hora, nos levantamos y comenzamos a caminar hacia la casa de la niñera. Cuando estábamos llegando a la calle donde estaba su casa, vimos a un alemán. No sé si era un hombre de las SS o de las Wehrmacht, lo más probable es que fuera de las Wehrmacht, el ejército regular; era un tipo con un perro que caminaba por la calle. Nos miró. Vio a mi madre, a mi hermana y a mí. Se detuvo un momento, dio la vuelta y se fue. Era un milagro. Si hubieran sido dos de ellos, esto no habría ocurrido, porque uno de los alemanes habría temido que el otro lo viera ayudar a los judíos y no hacer bien su trabajo.

Pero estaba solo con un perro. Simplemente se dio vuelta y se fue. Hubo innumerable milagros como éste. Cuando la situación era adversa, nos llevaban al campo de concentración de Belzec. Fuimos a la casa de Jancia; pasamos la noche allí y la situación se calmó. No sabíamos qué había pasado con mi padre, pero él estaba en la fábrica. Allí había un dormitorio donde los trabajadores podían quedarse. Así que volvimos a nuestra casa.

Llegamos y la casa estaba vacía. No había nadie. No había nadie de todos los que estaban allí. La casa era un desastre. No sé por qué los alemanes lo hacían, pero siempre rompían las almohadas y las plumas volaban por toda la casa. Era un panorama increíble.