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Helen Luksenburg: la supervivencia en los campos

First Person Podcast Series

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3 de junio de 2008

Helen Luksenburg habla de la vida cotidiana, de la resistencia espiritual y de trabajos forzados en Gleiwitz, un subcampo del campo de concentración de Auschwitz.

LA TRANSCRIPCIÓN COMPLETA

“No era un dolor físico; era un dolor moral. Uno perdía toda la dignidad, todo el orgullo. Te marcaban como a un animal y pasé a ser nada más que un número”.

NARRADOR:
Más de sesenta años después del Holocausto, el odio, el antisemitismo y el genocidio todavía amenazan a nuestro mundo. Las historias de vida de los sobrevivientes del Holocausto trascienden las décadas, y nos recuerdan que permanentemente es necesario ser ciudadanos alertas y poner freno a la injusticia, al prejuicio y al odio, en todo momento y en todo lugar.

Esta serie de podcasts presenta fragmentos de entrevistas a sobrevivientes del Holocausto realizadas en el programa público del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos llamado En primera persona: conversaciones con sobrevivientes del Holocausto.

En el episodio de hoy, Helen Luksenburg, le cuenta al presentador, Bill Benson, cómo era la vida en el campo de concentración de Gleiwitz.

HELEN LUKSENBURG:
Trabajábamos 12 horas al día, teníamos un domingo libre cada tres semanas y para que tuviéramos libre el turno del domingo, teníamos que trabajar 12 horas el fin de semana, porque en realidad trabajábamos 8 horas, pero durante el fin de semana trabajábamos 12 horas en un turno (había tres turnos) para poder tener un domingo libre cada tres semanas. ¿Y qué se hacía? Se comenzaba…

La camaradería era excelente y había solidaridad. Un domingo hubo jóvenes muy talentosas, por ejemplo, una cantante de ópera que, al principio, todavía tenía ropa de su casa. Tenía esas batas chinas hermosas y cantaba ópera. Otra tocaba la mandolina. Tratábamos de levantarnos el ánimo.

BILL BENSON:
El único día libre, cada tres domingos.

HELEN LUKSENBURG:
Así es. Y de lo que más hablábamos era de la comida que recordábamos. Mi sueño era tomar una taza de té con limón, ¿puede creerlo? Ese era mi sueño. Y hablábamos de lo que nuestras madres cocinaban y de lo qué comíamos: soñábamos. Nunca nada era suficiente.

BILL BENSON:
Helen, en esta fábrica, el hollín era peligroso, y era un trabajo arduo e increíblemente sucio.

HELEN LUKSENBURG:
Sí, teníamos que… Nos daban un buen aceite para lavarnos los ojos…

BILL BENSON:
Para lavarse el hollín de los ojos.

HELEN LUKSENBURG:
Sí. En esos momentos no necesitaba rímel, y tampoco tenía. Y nos daban un buen jabón, porque teníamos que ducharnos todos los días. Cuando volvíamos, estábamos negros. Después de eso, trabajábamos…

BILL BENSON:
Le hago otra pregunta, Helen. Cuando fue a Gleiwitz, lo único que tenía de sus padres, si mal no recuerdo, era un camisón de su madre.

HELEN LUKSENBURG:
Sí.

BILL BENSON:
Eso era lo único que tenía.

HELEN LUKSENBURG:
Sí, porque mi madre me había dado... Yo siempre usaba pijama, y mi madre me dio su camisón de franela y lo usé la primera noche en el campo temporal. Cuando me levanté, había piojos en las costuras, porque dormíamos en… Las camas estaban plagadas de piojos. No teníamos colchones; dormíamos sobre la paja. Nos llenamos de piojos inmediatamente. Creo que anteriormente el lugar estaba destinado a gente enferma, y nosotros dormíamos en las mismas camas.

BILL BENSON:
Helen, aunque este ya era un trabajo de esclavos en estas circunstancias, empeoró mucho en 1944.

HELEN LUKSENBURG:
No, al principio, era un campo de trabajo y todavía usábamos nuestra propia ropa y no era tan estricto. No era el paraíso, no era un día de campo [riendo] fuera de casa. Pero era más llevadero. Un año después, las SS tomaron el control, se llevaron toda nuestra ropa de civil, trajeron la ropa a rayas que no era de lana ni de algodón; era sintética, artificial.

Y el trabajo se hizo aún más pesado, y nos tatuaron. ¿Se imagina? A todas las niñas (no vi a los hombres; ellos estaban en un campo aparte). Teníamos que quedarnos completamente desnudas como Dios nos trajo al mundo para que nos tatuaran el brazo izquierdo. Y no era un dolor físico; era un dolor moral. Uno perdía toda la dignidad, todo el orgullo. Te marcaban como a un animal y pasé a ser nada más que un número, el 79139.