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David Bayer: la vida después de la invasión alemana a Polonia

First Person Podcast Series

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16 de junio de 2009

David Bayer habla de su vida en su ciudad natal de Kozienice después de la invasión alemana a Polonia en septiembre de 1939. Poco después de la invasión, David y su familia fueron hostigados, humillados y sometidos a actos de violencia cometidos por los ocupantes alemanes y sus colaboradores.

LA TRANSCRIPCIÓN COMPLETA

DAVID BAYER:
“Yo lloraba; lloraba y gritaba. Ellos tomaban fotos y se reían. La humillación era… Si me hubiera muerto allí, habría sido más feliz”.

NARRADOR:
Más de sesenta años después del Holocausto, el odio, el antisemitismo y el genocidio todavía amenazan a nuestro mundo. Las historias de vida de los sobrevivientes del Holocausto trascienden las décadas, y nos recuerdan que permanentemente es necesario ser ciudadanos alertas y poner freno a la injusticia, al prejuicio y al odio, en todo momento y en todo lugar.

Esta serie de podcasts presenta fragmentos de entrevistas con sobrevivientes del Holocausto realizadas en el programa público del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos llamado En primera persona: conversaciones con sobrevivientes del Holocausto.

En el episodio de hoy, David Bayer habla con el presentador, Bill Benson, de los cambios producidos en su ciudad natal de Kozienice después de la invasión alemana a Polonia en septiembre de 1939.

DAVID BAYER:
La ciudad tenía de seis a siete mil habitantes; la mayoría eran judíos: allí vivían cinco mil judíos. Vivíamos en una zona que tenía un sector cristiano y estaba cerca de una iglesia, porque mi padre necesitaba más espacio para la fábrica. Por eso vivíamos allí, donde teníamos patio y una tienda.

Entre los habitantes había muchos empleados de fábricas de zapatos, sastres, relojeros y todo tipo de artesanos. Cerca de mi ciudad natal había granjas, y todos los granjeros venían una vez por semana a comerciar con los judíos.

Teníamos una relación muy cordial; nunca tuvimos problemas. También había una colonia de personas de etnia alemana que vivían no muy lejos, y teníamos una relación muy cordial con ellos. No teníamos problemas. Hacíamos nuestra vida y ellos, la suya; eso era todo. No obstante, los alemanes cambiaron toda la situación.

BILL BENSON:
Cuando llegaron, todo cambió drásticamente.

DAVID BAYER:
Todo cambió drásticamente. Por ejemplo, cuando los alemanes llegaron, tuvimos que huir. Huimos al bosque. Todo el mundo huyó porque habían bombardeado la ciudad y había muchos disparos. Cuando regresamos, encontramos a los alemanes saqueando nuestros hogares, llevándose todo lo que podían, hasta los platos.

Buscaban zapatos, cuero, maquinarias, todo lo que podían llevarse. Después de haber pasado unos días en el bosque, regresamos, y los alemanes estaban en nuestro hogar. Mi madre comenzó a llorar, porque un alemán tiró de un estante una caja de platos de la Pascua judía y los rompió. Rompió todo, y lo que no rompió, se lo llevó.

BILL BENSON:
Y esos platos habían pertenecido a la familia…

DAVID BAYER:
Habían estado allí durante cientos de años.

BILL BENSON:
Cientos de años.

DAVID BAYER:
Era vajilla de porcelana y plata. Cuando los alemanes se retiraron, se reían; se burlaban de nosotros. Incluso un alemán le preguntó a mi padre: “¿Cómo puede ser que nadie quiera a los judíos?”.

Yo estaba parado junto a mi padre. Mi padre respondió: “Porque no devolvemos el golpe”.

Hizo un gesto que me dio mucho miedo; creí que mi padre iba a golpear al alemán. Pero [como] él dijo, “no devolvemos el golpe”. Por eso no nos quieren. De hecho, nunca devolvimos el golpe. Mi abuelo solía decirme que si yo tenía un enfrentamiento en la escuela, no peleara, sino que pusiera la otra mejilla. Siempre te dicen eso.

Y ese era el problema que teníamos. Éramos personas inocentes; no hicimos nada. Solamente éramos religiosos, creíamos en Dios y rezábamos todos los sábados; llevábamos una vida muy religiosa. Después, los alemanes volvieron y nos pusieron una estrella de David en la puerta, porque como vivíamos en una zona cristiana, querían identificar nuestra casa.

Un día vinieron varios alemanes; uno entró y me sacó de la casa para que hiciera un trabajo para ellos. Había muchos soldados alemanes parados detrás de una iglesia; querían que me metiera debajo de un camión y sacara una batería.

Nunca había visto un camión; nunca había visto un automóvil en mi ciudad. Teníamos caballos y carretas. No sabía cómo hacerlo. Me sangraban las manos. Ya hacía frío, había nieve en el suelo y tuve que echarme en el lodo para sacar la batería. Ellos se quedaron parados, se reían y tomaban fotos.

Finalmente, saqué la batería, y el ácido se derramó sobre mí y me quemó toda la ropa, hasta la piel. Yo lloraba; lloraba y gritaba. Ellos tomaban fotos y se reían. La humillación era… Si me hubiera muerto allí, habría sido más feliz.

Finalmente, les supliqué: “Déjenme ir a casa. Voy a volver; quiero cambiarme la ropa”. No me dejaron ir. Me dejaron ir cuando oscureció; sin comida, sin nada. Mi madre estaba en casa, llorando y esperándome.