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Enciclopedia del Holocausto

 

 

 

Los ferrocarriles alemanes y el Holocausto — Testimonio

Leo Schneiderman
Nació: 1921, en Lodz, Polonia

Describe las condiciones en un tren de ganado durante su deportación desde Lodz a Auschwitz [Entrevista: 1990]

La transcripción completa:

Y estábamos en ese tren, más de cien personas. La única instalación en el tren eran dos baldes para más de cien hombres, mujeres y niños. El tren estaba parado en un lugar, hacía un calor insoportable y faltaba el aire. Así que algunas personas tenían la idea de que cuando comenzáramos a andar se refrescaría. Pero en un momento oímos que la puerta se abrió en el vagón de carga y pensamos que quizá habrían cambiado de idea. Pensamos que nos iban a dejar salir, pero en lugar de eso, trajeron unas docenas más de judíos que habían descubierto en un escondite. Habían sido golpeados salvajemente por esconderse. Recuerdo a un joven, le habían volado todos los dientes a patadas. Un niño tenía la cara tan hinchada que era sólo una nariz, no se le veían los ojos. Los metieron en nuestro vagón y pronto comenzamos a andar, pero no refrescó. En un momento, oímos que una jovencita lloraba: tenía que usar el balde frente a todos. La madre y la hermana trataron de taparla con un abrigo. Un hombre pedía a la gente próxima un poco más de lugar para su mujer, que estaba embarazada. Como yo estaba entre los más jóvenes, me pidieron que subiera a esas cajas y mirara adónde nos llevaban. Comencé a leer los carteles, alguien reconoció uno de los nombres y dijo que estábamos yendo hacia el sur, hacia Cracovia. También vi a algunos campesinos polacos al costado del camino, probablemente estaban acostumbrados a ver ese tipo de cosas, esos trenes. Algunos nos hacían señas y apuntaban al cielo, otros hacían el gesto de cortarse la garganta con el canto de la mano, pero yo no les conté a los demás lo que vi.

Y estábamos en ese tren, más de cien personas. La única instalación en el tren eran dos baldes para más de cien hombres, mujeres y niños. El tren estaba parado en un lugar, hacía un calor insoportable y faltaba el aire. Así que algunas personas tenían la idea de que cuando comenzáramos a andar se refrescaría. Pero en un momento oímos que la puerta se abrió en el vagón de carga y pensamos que quizá habrían cambiado de idea. Pensamos que nos iban a dejar salir, pero en lugar de eso, trajeron unas docenas más de judíos que habían descubierto en un escondite. Habían sido golpeados salvajemente por esconderse. Recuerdo a un joven, le habían volado todos los dientes a patadas. Un niño tenía la cara tan hinchada que era sólo una nariz, no se le veían los ojos. Los metieron en nuestro vagón y pronto comenzamos a andar, pero no refrescó. En un momento, oímos que una jovencita lloraba: tenía que usar el balde frente a todos. La madre y la hermana trataron de taparla con un abrigo. Un hombre pedía a la gente próxima un poco más de lugar para su mujer, que estaba embarazada. Como yo estaba entre los más jóvenes, me pidieron que subiera a esas cajas y mirara adónde nos llevaban. Comencé a leer los carteles, alguien reconoció uno de los nombres y dijo que estábamos yendo hacia el sur, hacia Cracovia. También vi a algunos campesinos polacos al costado del camino, probablemente estaban acostumbrados a ver ese tipo de cosas, esos trenes. Algunos nos hacían señas y apuntaban al cielo, otros hacían el gesto de cortarse la garganta con el canto de la mano, pero yo no les conté a los demás lo que vi.

Los alemanes invadieron Polonia en septiembre de 1939. Leo y su familia fueron confinados en un ghetto en Lodz. Leo fue obligado a trabajar como sastre en una fábrica de uniformes. El ghetto de Lodz fue cerrado en 1944 y a Leo lo deportaron a Auschwitz. Luego fue enviado al sistema de campos de Gross-Rosen para realizar trabajos forzados. A medida que el ejército soviético avanzaba, los prisioneros fueron transferidos al campo de Ebensee, en Austria. El campo de Ebensee fue liberado en 1945.

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