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Enciclopedia del Holocausto

 

 

 

Detrás de cada nombre, una historia: Miriam (Rot) Eshel. Parte I: Introducción

Retrato de la familia Rot, tomada por un fotógrafo en el ghetto de Munkacs, Hungría, en 1944. Después del Holocausto, Miriam, la hija mayor, recuperó esta fotografía. Es el único retrato de la familia que sobrevivió.

Retrato de la familia Rot, tomada por un fotógrafo en el ghetto de Munkacs, Hungría, en 1944. Después del Holocausto, Miriam, la hija mayor, recuperó esta fotografía. Es el único retrato de la familia que sobrevivió.

Detrás de cada nombre, una historia (BENAS, por sus siglas en inglés) es un proyecto del Centro de Recursos para Sobrevivientes y Víctimas del Holocausto (Holocaust Survivors and Victims Resource Center) del Museo. El proyecto web BENAS consiste en ensayos que describen las experiencias de sobrevivientes durante el Holocausto.

Un día, un hombre con una cámara se acercó a mi madre y le dijo: “Si me da pan, les tomaré una fotografía a todos” (además de la leche de la mañana, cada familia recibía una hogaza de pan). Mi madre le respondió que le daría su porción, la de su marido y también la de los niños más grandes, pero no la porción de los más pequeños. El hombre accedió y mi madre le dio más de la mitad de una hogaza. El hombre nos tomó la fotografía y la trajo luego de unos días. Mi madre nos llamó a mi hermano y a mí, y nos dijo: “Enterraremos esta fotografía. Quien vuelva primero la desenterrará” (ella ya pensaba que quizás no sobreviviríamos). Puso la fotografía envuelta en papel dentro de una caja de lata y la enterró. Cabe mencionar otra cosa: mi madre siempre insistía en que no debíamos decir cuántos niños éramos, por miedo a que perdiéramos la vida o quizás debido a su educación religiosa (las historias de los hijos de Jacobo en Egipto). Era un secreto que no debíamos revelar. Solo después de unos años de casada se lo conté a mi esposo y recién entonces le mostré la fotografía (hace unos años, logramos reconstruir la fotografía dañada gracias a los avances de la tecnología electrónica de fotoanálisis).

Esa es la historia de esta fotografía.

Miriam fue la primera que regresó y quien recuperó la fotografía. Es el único retrato de su familia que sobrevivió. Miriam envió una copia al Registro de Sobrevivientes, junto con su formulario de registro. Lea los fragmentos del testimonio que dio Miriam en 2003, y explore los mapas y las fotografías de esta página para examinar la historia detrás de los rostros que aparecen en el retrato de familia.

Miriam (Rot) Eshel nació y creció en Irshava, al este de Munkacs, en Checoslovaquia. En sus propias palabras:

Nací en el verano de 1930. Fui la primera hija mujer y la segunda de todos mis hermanos. Vivíamos en el pueblo de Irshava, alrededor de 30 kilómetros al este de Munkacs en los Montes Cárpatos, que en aquel momento era Checoslovaquia. En aquella época, el país disfrutaba del gobierno democrático liberal de su fundador y primer presidente: Tomas Masaryk. Los judíos gozaban de derechos civiles plenos e igualitarios. Asistía a una escuela primaria donde me trataban como a todos los otros niños, justa y amablemente. En la década de los treinta, nuestra familia creció y éramos nueve niños. Cuando mis hermanos menores alcanzaron la edad escolar, ellos también fueron a la escuela por la mañana y al Jéder por la tarde.

Éramos una familia estrictamente ortodoxa, en lo mejor de la tradición judía. Sobre la cabeza afeitada, mi madre usaba una peluca. Mi padre usaba barba, y el Sabbat daba una charla sobre temas del Talmud semanalmente en la sinagoga. Él tenía una tienda minorista que vendía principalmente artículos del hogar. En definitiva, teníamos una vida modesta, pero agradable y tranquila. Crecimos en una familia judía afectuosa y cálida. Esa situación terminó abruptamente cuando a fines de 1940 o principios de 1941 llegaron a nuestra área los fascistas húngaros, que colaboraban con el régimen alemán nazi. Desde ese momento, la vida de los judíos cambió radicalmente. Se nos prohibió realizar actividades comerciales; nos confiscaron los negocios; y a mi padre le costaba cada vez más esfuerzo mantener a la familia. Asistir al colegio se convirtió en una experiencia terrible; los niños judíos éramos avergonzados y discriminados. La situación iba de mal en peor, pero, al menos, todavía vivíamos juntos como una familia.

En 1944, Miriam y su familia debieron abandonar Irshava e instalarse en el ghetto de Munkacs.

… luego nos llevaron al ghetto, a Munkacs, donde permanecimos durante otras 4 a 5 semanas, en un edificio que era una vieja fábrica de ladrillos. A mi abuelo, de 85 años, le afeitaron la mitad de la barba y él tenía que andar así. Cada mañana, mi padre tenía que ir a conseguir nuestra ración de leche, que era diluida con agua. Esa era la bebida de la mañana. Llevaba un jarro enorme para traer leche. Un día, tardó más de lo acostumbrado. Mi madre estaba muy preocupada. Le dije a mi madre que iría a ver qué lo demoraba. Vi que los alemanes habían puesto los jarros sobre las cabezas de los judíos como sombrero y los hacían caminar así por el campo: algunos tropezaban y se caían; algunos tenían heridas. Regresaron a casa medio muertos. Desde ese momento, le dije a mi madre: “Papá no irá más; iré yo”. Sin embargo, debido a que yo no era lo suficientemente fuerte para llevar el jarro, y además tenía miedo de que me hicieran lo mismo que le hicieron a mi padre, traía la leche en tazones individuales pequeños. Como éramos 9 niños, además de mi padre y mi madre, tenía que ir cinco veces para traer la leche.

De Munkacs los deportaron a Auschwitz, donde separaron a Miriam del resto de su familia.

Un día, nos juntaron y nos subieron a un tren en vagones de ganado, con ventanas diminutas. No había mucho aire. Algunos de los hombres mayores rezaban en voz alta y pedían piedad a Dios.

Llegamos a Auschwitz el día antes del Shavuot. Yo llevaba a mi hermanita, y mi madre llevaba a mi otra hermana que había estado enferma y aún estaba muy débil. Cuando nos bajamos del tren, llegamos a la encrucijada donde… [el hombre de las SS] estaba de pie allí, como un director de orquesta con una batuta. Me hizo señas para que soltara a mi hermanita. Cuando vio eso, mi madre soltó a mi otra hermana y tomó a la pequeña (que todavía no sabía caminar). A algunos nos enviaban a la derecha y a otros, a la izquierda… Creo que yo fui a la derecha y ellos, a la izquierda. Mi madre comenzó a gritar: “Mirale mía, ven conmigo, ven conmigo”. Pero los hombres de las SS me empujaban hacia adelante con la culata de las armas.

Comencé a llorar y a gritar que quería a mi madre, pero por supuesto, eso no ayudó. Creo que era a principios de mayo de 1944. Yo tenía 13 años y medio. Cuando llegamos a una gran barraca, nos ordenaron que nos desvistiéramos completamente. Nos desvestimos. Se llevaron las joyas. Yo tenía un par de aros de oro que como se me caían constantemente, mi madre le había pedido al joyero que los soldara. Debido a que no podían sacármelos, para hacerlo me cortaron los lóbulos de las orejas. También se llevaron un anillo de oro que me habían regalado para mi Bat Mitsvá, y una cadena. Eso no me importaba. Yo quería a mi madre; eso era lo que me importaba. …

Después de una o dos horas, nos llevaron a la barraca “A”. Eran barracas con estantes enormes, donde dormíamos. Compartíamos los estantes entre cuatro o cinco personas. Eran estantes tan grandes como una cama. No hacíamos mucho, excepto permanecer de pie para los recuentos que duraban horas, mientras nos contaban una y otra vez. Recibíamos una porción de sopa por día y teníamos tanta hambre que la esperábamos con ansias. Hasta que un día vi un dedo humano en la sopa y desde ese momento no pude tomarla más. Era un problema, porque yo quería vivir. Cada vez que me daban sopa, tomaba un trago y lo vomitaba, tomaba y vomitaba. Y bebía mucha agua: eso sí teníamos.

Estuvimos allí hasta julio.

Después enviaron a Miriam a un campo de trabajo cerca de Stutthof.

En julio, nos transportaron en camiones a Stutthof. Era verano. Fue muy difícil. Nos vestían con pieles, botas, sombreros y guantes, y debíamos correr durante horas en el campo…Había un hombre de las SS, bajo, bizco y cruel, que nos castigaba con severidad. Cuando llegaron los días más fríos, las muchachas nos poníamos una manta como capa adicional debajo de los vestidos finos. Esto no le gustaba al guardia, porque decía que con el peso adicional excavábamos menos. Por eso nos controlaba, nos levantaba el vestido y nos pegaba fuerte si encontraba una manta. Si notábamos que se aproximaba, nos avisábamos unas a otras diciendo: “El ojo, el ojo”. Con suerte, nos quitábamos la manta y la escondíamos en la nieve; pero generalmente nos descubría. A los golpes los recibíamos sobre la piel, porque no teníamos ropa interior.

Se hacían selecciones casi regularmente una vez por semana y deportaban a las que no eran aptas para trabajar.

Esto continuó así hasta dos meses antes de la liberación en la primavera de 1945. Era invierno. Nuestras condiciones de vida eran horribles, porque estábamos en la nieve o en el agua. Se nos congelaban las piernas.

No teníamos novedades del frente.

Desde Stutthof, forzaron a Miriam a una marcha de la muerte.

Un día, en el momento de pasar lista, nos ordenaron que comenzáramos a marchar. Fue el comienzo de la marcha de la muerte. Del campo salieron unas 1000 mujeres. Solo 100 sobrevivieron. Nos vigilaban a todas: si una se detenía, la mataban inmediatamente. Yo intentaba caminar al frente, porque atrás se recibía el peor trato. Caminamos desde la mañana temprano hasta tarde en la noche. Pasamos junto a pueblos y aldeas. Intentaron no cruzar áreas pobladas. En el camino, los alemanes a veces nos tiraban pan desde las ventanas. Las mujeres se peleaban para atraparlo. Las SS disparaban al grupo que peleaba por el pan y mataron a algunas. A veces, veíamos cómo las mujeres de los pueblos juntaban papas y otros alimentos para los cerdos: las atacábamos y les robábamos la comida… y las SS nos disparaban. Decidí no participar más en esas peleas. Lo que me salvó fueron unos trocitos de remolacha azucarera que crecían en los campos que cruzamos. Además había mucha agua de la nieve. ¡Yo pesaba 30 kilogramos!

La marcha terminó a fines de abril o principios de mayo de 1945.

Finalmente, el ejército ruso liberó a Miriam.

Un día, me sentí afiebrada y tenía diarrea. Dos amigas y yo decidimos no ir al próximo recuento. Sabíamos que el castigo era morir fusiladas. Dos de nosotras estábamos enfermas; la otra estaba sana. Nos abrazamos y decidimos no salir. Escuchamos el silbido que nos ordenaba salir y los gritos de “Raus, raus”. Teníamos pánico; esperábamos el final. De repente, hubo silencio. No vinieron a buscarnos. Parece que los rusos se aproximaban y los nazis no tuvieron tiempo de venir a buscarnos. Para entonces, ya estábamos en el área de Bamberg, en la parte este de Alemania.

Llegaron los rusos. Algunos se comportaron como animales, pero no voy a referirme a eso ahora. Un soldado ruso, que era obviamente judío, nos preguntó si nosotras éramos judías. Nos dio comida y nos dijo que nos fuéramos. No teníamos ropa, así que nos dieron uniformes, los cuales eran demasiado grandes, pero nos arreglamos atando algunas partes. Y, así partimos. Si la guerra avanzaba en una dirección, nosotras tomábamos la dirección opuesta… sin saber adónde.

De una familia de once miembros, solo sobrevivieron Miriam y su hermano menor, Baruch. Pero esta terrible historia no terminó con la liberación.

 

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