
De manera comprensible y apropiada, las protestas que suscitó la rehabilitación por parte del Vaticano de cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X se han centrado en las indignantes observaciones hechas por el obispo Richard Williamson y en cuál es la mejor respuesta para un antisemitismo y una negación del Holocausto tan descarados. Desde entonces, una serie de líderes católicos de distintas partes del mundo han repudiado las opiniones de Williamson. El Vaticano le ha pedido que se retracte públicamente.
Sin embargo, en el ámbito religioso, la negación del Holocausto debe confrontarse en el contexto de una pregunta que es crucial: ¿de qué manera las personas de fe, incluyendo los miembros de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, comprenden su fe en un mundo posterior al Holocausto? Para los cristianos, esta pregunta siempre debe basarse de forma explícita en los hechos históricos de lo que sucedió en el Holocausto y durante los años precedentes. Los espeluznantes y graduales pasos que se dieron hacia el genocidio de los judíos europeos comenzaron en una nación que era 98 por ciento cristiana, y se desarrollaron en un continente predominantemente cristiano, signado por siglos de violencia contra su población judía. Con demasiada frecuencia, dicha violencia fue llevada a cabo en nombre de la cristiandad y con la anuencia de líderes cristianos.
La ideología del nacionalsocialismo confrontó a los cristianos europeos con retos muy particulares, que dieron lugar a una amplia variedad de respuestas por parte de las Iglesias de Europa y Estados Unidos. Algunos cristianos rescataron a judíos a costa de correr grandes riesgos, y eso es algo que no debemos olvidar. Unos pocos líderes eclesiásticos, en particular el Arzobispo de Canterbury, denunciaron enérgicamente el genocidio. Pero la mayoría guardó silencio. En la Alemania nazi, la relación entre los líderes cristianos y el Estado se caracterizó en gran medida por su transigencia y complicidad. Varios destacados teólogos alemanes hicieron apología del nazismo. Existen numerosas complejidades inherentes, pero en definitiva 6 millones de judíos fueron asesinados en el transcurso de varios años y fueron muy pocos los líderes cristianos que protestaron públicamente por ello. Y las cifras demográficas de este genocidio nos revelan que la mayoría de sus perpetradores deben haber sido, cuando menos, nominalmente cristianos y que es evidente que su fe religiosa no les impidió participar en él.
Por eso el Holocausto sigue siendo un acontecimiento trascendental para las personas de fe religiosa. En particular, por las evidencias de indiferencia y complicidad de los cristianos, el Holocausto plantea interrogantes inquietantes sobre el proceso mediante el cual la discriminación y los prejuicios religiosos adquieren legitimidad y poder. En términos más generales, el Holocausto plantea interrogantes acerca de la intersección donde convergen religión, odio, ideología y violencia, interrogantes que siguen siendo ciertamente muy relevantes en nuestro mundo hoy día. Uno de los más inquietantes, y el que tiene mayor pertinencia para lo que exponemos aquí, es de qué manera las personas religiosas, en particular los líderes, deberían reaccionar a tales retos cuando éstos surgen.
Esta interrogante se volvió fundamental después del Holocausto, cuando se inició un extraordinario proceso de autocrítica por parte de los cristianos, y de diálogo entre cristianos y judíos. Este proceso dio lugar a cambios substanciales en la liturgia, la teología y la interpretación de la enseñanza tradicional acerca de los judíos y el judaísmo. Desde entonces, las Iglesias Protestante y Católica han publicado en todo el mundo más de cien declaraciones posteriores al Holocausto en las que se abordan estos temas. Un ejemplo muy significativo de esto es el documento Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, que repudió la acusación de deicidio y reconoció la validez permanente del pacto con el pueblo judío.
Para los cristianos y judíos que han participado en este proceso, la negación del Holocausto de ninguna manera podría ser un asunto secundario o periférico. Es por eso que ha habido innumerable cantidad de protestas en respuesta a las palabras de Williamson y en torno a la posición que el Vaticano decidirá tomar al respecto. También es por eso que el Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos cuenta con una oficina de relaciones con las Iglesias y una colección enorme de materiales históricos y recursos en su página Web sobre este tema, que pone a disposición de líderes religiosos, grupos interreligiosos y académicos que enseñan y escriben sobre estos temas.
Nuestra indignación no es solamente por la negación del Holocausto, por más que ésta sea abominable. También refleja una honda preocupación porque el doloroso trabajo de décadas pueda ser ignorado. En última instancia, lo principal en este caso es qué tipo de fe tiene integridad en un mundo posterior al Holocausto. Eso implica garantizar que los líderes religiosos denuncien con valentía y claridad siempre que el antisemitismo, o la negación del Holocausto, amenace con socavar los lazos de humanidad compartida que debemos esforzarnos en construir y no en romper en pedazos después del Holocausto.
Victoria Barnett
Directora de Personal, Relaciones con las Iglesias, Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos.