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Days of Remembrance

Tema de los días del recuerdo de 2013

Nunca más: prestemos atención a las señales de alerta

Hace setenta y cinco años, cambios trascendentales ocurrían en Europa Central. Pocos comprendieron la importancia histórica de los tiempos, y muchos menos consideraron esos eventos como antecedentes de lo que sería uno de los períodos más trágicos de la humanidad.

Hacia 1938 los nazis habían estado en el poder por cinco años, durante los cuales eliminaron sistemáticamente a los judíos de la vida pública en Alemania, despojándolos de sus derechos como ciudadanos y limitando drásticamente sus oportunidades laborales. En ese año crucial, el año antes de que Alemania invadiera Polonia y provocara la Segunda Guerra Mundial, el trato a los judíos empeoró de un modo sorprendente. Cuando el Reich alemán anexó Austria en marzo e incorporó las zonas de frontera checas –hecho que las naciones del mundo no pudieron evitar en la conferencia de Munich en septiembre–, 200.000 judíos cayeron bajo el dominio nazi y se convirtieron en blancos de persecuciones, humillaciones y violencia intensas.

Muchos estaban desesperados por huir, pero ningún país estaba dispuesto a recibirlos. En respuesta a la creciente presión para resolver la crisis de los refugiados, el presidente Franklin Roosevelt propuso llevar a cabo una conferencia internacional en Evian-les-Bains, Francia, en julio de 1938. Se les aseguró a las naciones invitadas que “no se esperará que ningún país (…) reciba una mayor cantidad de inmigrantes que lo permitido por las leyes existentes”. Como resultado, de las 32 naciones representadas, solo una –República Dominicana– acordó aceptar un gran número de refugiados adicionales. Luego, entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, ocurrió la Kristallnacht, una ola de violencia desatada por los nazis que causó la muerte de 91 judíos, la destrucción de cientos de sinagogas y muchos más negocios judíos, y el arresto de 30.000 hombres judíos que, en su mayoría, fueron transferidos de las prisiones locales a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen.

Los judíos de Europa Central lucharon por mantener sus comunidades y su dignidad, pero el impacto de esos eventos fue devastador. Además de la pérdida de vidas y la destrucción de propiedades, la Kristallnacht desintegró gran cantidad de familias, ya que muchos padres trataron desesperadamente de enviar a sus hijos a lugares seguros aún cuando no pudieran conseguir visas de salida para ellos mismos. Las familias que tuvieron la buena fortuna de escapar juntas debieron comenzar sus vidas de cero lejos del hogar, en lugares como los Estados Unidos, América del Sur, el Caribe o China.

Si bien los periódicos de todo el mundo informaban sobre la creciente violencia, muy pocas naciones, personas o grupos optaron por ayudar. Quienes así lo hicieron marcaron la diferencia. Rufus Jones y Clarence Pickett, líderes del Comité Estadounidense de Servicio de Amigos, una sociedad de ayuda cuáquera con base en Estados Unidos, se sintieron motivados a actuar y comenzaron a abogar por extender la ayuda a los niños refugiados. Trabajaron estrechamente con agencias de beneficencia a fin de ayudar a los refugiados judíos en Francia, España y Portugal.

En Gran Bretaña, Lola Hahn Warburg fue uno de los tantos prominentes judíos ingleses y alemanes que convencieron al gobierno británico de permitir que niños judíos menores de 17 años inmigraran de la Alemania nazi al Reino Unido a través de un programa especial llamado Kindertransport. El 2 de diciembre de 1938, llegó a Harwich el primer grupo de 200 niños provenientes de un orfanato judío de Berlín que los radicales nazis habían destruido durante la Kristallnacht. Antes de que el estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpiera la operación de rescate, unos 10.000 niños fueron transportados a la relativa seguridad de Gran Bretaña.

Al recordar los eventos de 1938, las señales de guerra inminente y el Holocausto –la expansión territorial, la indiferencia hacia las leyes internacionales, la persecución de personas por su identidad–, nos resultan indudablemente más claras hoy que entonces. Aún así existieron oportunidades de intervención internacional, como en la Conferencia de Evian, que podrían haber salvado muchas vidas. ¿Por qué tantos países y personas se negaron a reaccionar ante las señales de alerta? ¿Y qué podemos aprender de los pocos que optaron por actuar a pesar de la indiferencia generalizada?

Mientras reflexionamos sobre estas preguntas, recordamos a todos cuyas vidas se perdieron o quedaron para siempre alteradas por el Holocausto. Y nos sentimos desafiados a pensar sobre lo que podría motivarnos a reaccionar ante cualquier señal de alerta de genocidio hoy en día. La historia nos enseña que el genocidio es evitable si una cantidad suficiente de personas se interesan lo suficiente como para hacer algo al respecto. Nuestras opciones en respuesta al odio realmente cuentan, y juntos podemos ayudar a cumplir la promesa del “Nunca más”.