
Ante la persecución y el asesinato de judíos europeos, los testigos tenían la opción de intervenir o no. Involucrarse implicaba el riesgo de severos castigos y la mayoría de las personas (incluso los que no estaban de acuerdo con las políticas y prácticas nazis), optaban por mantenerse al margen. Pero el destino de los residentes judíos de Zakynthos, Grecia, es un ejemplo impactante de lo que puede suceder cuando en lugar de la indiferencia, una comunidad entera elige la acción, a pesar de los riesgos.
En septiembre de 1943, oficiales alemanes le ordenaron a Loukas Karrer, el alcalde de la isla, que entregara una lista de los 275 judíos que vivían en Zakynthos. Karrer le pidió ayuda al obispo Chrysostomos de la Iglesia Griega Ortodoxa. Mientras el obispo negociaba sus vidas, la mayoría de los judíos huían a aldeas remotas de las montañas, donde residentes no judíos los ocultaron. Cuando los comandantes nazis pidieron nuevamente los nombres, Chrysostomos le entregó una lista con dos nombres solamente: el suyo y el del alcalde. “Estos son sus judíos”, dijo. Un año después, ambos hombres desafiaron otra orden alemana para deportar a los judíos de Zakynthos. Gracias a su inquebrantable coraje y a la férrea decisión de los lugareños de no traicionar a sus vecinos judíos, todos los judíos de Zakynthos sobrevivieron a la guerra. En el resto de Grecia, más del 80 por ciento de los habitantes judíos fueron asesinados en el Holocausto.
Otros ejemplos de la Europa ocupada por los nazis muestran que los judíos tenían una inmensa posibilidad de sobrevivir cuando los ciudadanos, como los de Zakynthos, decidían ayudar a rescatarlos. Algunos son muy conocidos: el diplomático sueco Raoul Wallenberg en Budapest; el industrial alemán Oskar Schindler en su fábrica de Polonia; Miep Gies cuando ocultó a Ana Frank en Holanda; y los combatientes de la resistencia danesa que transportaron en embarcaciones a casi todos los judíos de Dinamarca hasta la seguridad de Suecia.
Pero la mayoría de las historias de rescates son menos conocidas. Estos salvadores eran personas comunes que actuaban de maneras extraordinarias: un funcionario del gobierno que falsificó documentos de identidad, un monje benedictino que ayudó a crear una amplia red de escondites para niños, una ama de casa y su hija que escondieron a una familia en el ático de su hogar. Los riesgos asociados a sus actos eran reales, y las consecuencias podían ser graves. En muchos lugares, darles refugio a los judíos era un delito que se podía castigar con la muerte. Tal fue el caso de Anton Schmid, un sargento del ejército alemán destinado a Vilna, Lituania, quien fue ejecutado por los nazis después que descubrieron que proporcionaba suministros, transporte y documentos falsificados a judíos de la cercana aldea de Ponary. Irena Sendler, trabajadora social, también estuvo cerca de ser ejecutada por sacar clandestinamente 2.500 niños del gueto de Varsovia. Logró escapar de sus captores nazis y, con una nueva identidad, siguió ayudando a los judíos.
Aunque hoy para nosotros son héroes, muchos de estos individuos no se veían como tales. Los aldeanos de Le Chambon sur Lignon, Francia, por ejemplo, no aceptaban elogios por haber ocultado a 5.000 judíos y haber sacado clandestinamente a muchos de ellos a través de la frontera con Suiza. “¿Cómo pueden decir que somos ‘buenos’?”, preguntaba uno de los aldeanos. “Hicimos lo que había que hacer”.
La motivación de los salvadores era muy variada, desde la oposición a la ideología racista nazi, hasta la compasión, o principios religiosos o convicciones morales. Algunos incluso tenían prejuicios antisemitas, pero de todos modos elegían rescatar a los judíos. Con su singularidad, las historias de rescates nos recuerdan la gran diversidad de opciones que podemos elegir como individuos. Además, lo que hagamos ante la injusticia o el odio siempre es importante, como lo demuestran los ejemplos de genocidios recientes. Para citar apenas a uno solo, Damas Gisimba, el director de un orfanato en Kigali, Ruanda, decidió no ignorar la realidad del genocidio de 1994 y ayudó a salvar la vida de 400 personas.
No obstante, nunca debemos olvidar que por cada persona que fue rescatada y sobrevivió al Holocausto, innumerables más fueron asesinadas. Por ello, cuando recordemos historias de rescates, primero debemos honrar el recuerdo de las víctimas del Holocausto, superando la indiferencia con la atención, y la apatía con la acción.