
El origen de los protocolos es objeto de debate y controversia académicos. Lo que podemos aseverar de sus orígenes es que procuraban mostrar que los judíos conspiraban contra el estado. Hay 24 protocolos, o capítulos, y supuestamente son las actas de las reuniones de los Sabios de Sión, en las cuales se esboza un plan judío internacional para dominar el mundo. Estos protocolos no son los creadores del mito de una conspiración judía internacional. La idea de dicha conspiración es anterior al origen de los protocolos, pues data de la primera década del siglo XX. Pero lo que los protocolos hacen es publicarla en forma impresa, y es de público conocimiento que la mayoría de la gente cree lo que lee. Si lo dice un libro, debe de ser cierto.
¿Por qué debemos arrojar luz sobre los protocolos? ¿Por qué no dejarlos en la oscuridad? Si bien se ha demostrado una y otra vez que este libro es un fraude, sigue siendo en nuestros días una herramienta para propagar el antisemitismo. ¿Qué se puede hacer con la literatura que incita al odio? Las opciones son muchas. Una de ellas es censurarla. Pero ello no funciona en una sociedad que valora la libertad de expresión. A los protocolos se puede acceder fácilmente por Internet, de modo que bloquearlos tampoco es una opción viable. Se podría intentar criminalizar a los protocolos o a la instigación al odio basado en el prejuicio, pero por muchos motivos eso tampoco resulta eficaz. ¿Entonces qué queda? Exponerlos y educar. Y esto tiene relación directa con las lecciones del Holocausto, en el sentido de que el Holocausto no comenzó con Auschwitz, pues el caos de los campos de la muerte no fue el primer paso de los nazis, sino que todo comenzó con palabras, imágenes e ideas sobre los judíos. Algunas ideas surgieron directamente de los protocolos. Por eso hoy sería irresponsable no hablar de una herramienta de odio que resultó útil para los nazis y sigue siendo útil para aquellos que procuran propagar el odio hacia los judíos.